Este blog será el testigo del proceso creativo y, a la par, subiré los avances narrativos en entregas.

martes, 17 de junio de 2014

Nostalgia de Vuelo Capítulo III

NOSTALGIA DE VUELO

III

Hace cuatro meses murió su madre y aún no siente todo.
Matías se sumerge en la alberca. De un brinco sigiloso penetra el espejo y siente cómo el agua lo inunda, lo traspasa. Sin respirar comienza a nadar, con furia, una brazada tras otra, como si cada movimiento lo alejara un poco más de todo. Una brazada izquierda, una brazada derecha, una brazada izquierda, piensa en su padre que lo espera en el restaurante, una brazada derecha, con la misma vestimenta que ayer, respira, una brazada izquierda, piensa en su madre, el brazo hace una parábola, muerta, hacia el cielo, trata de revivirla, el antebrazo se estira, cada vez recuerda menos el tono de su voz, con la palma unida, más los gestos mudos, los dedos se clavan como albatros y arrastran agua y piensa en la idea que tuvo hace una semana; gira la cabeza hacia la superficie, le gusta, da una larga bocanada, puede ser su gran novela, hunde la mirada en la alberca, la novela que nunca ha escrito, y observa los azulejos mientras patalea con fuerza a través de la piscina de base azul y líneas de boyas blancas que demarcan carriles. Matías toca el filo del agua y da la media vuelta, nada en sentido inverso sin dejar de pensar derrotas. Cuando termina la tercera vuelta, nada con fuerza hasta que se cansa y siente poco, como si nada hubiera cambiado ese año hasta que deja de nadar. Toma aire y flota con tranquilidad, como si viajara en el espacio, en paz, dejando que la gravedad lo lleve hasta el fondo. Se hunde lento, siente su cuerpo ligero y observa los dedos que se refractan en el agua y exhala. Mientras las burbujas ascienden, el cae.
Al llegar al fondo, mantiene los ojos abiertos, las venas rojas se llenan de suelo azul cloro y de diminutos azulejos que se entrelazan bajos sus piernas, en flor de loto mientras los brazos se agitan entre sí y las manos lo sostienen al fondo, como si fuera un niño. Contempla la alberca vacía y siente cómo el estómago se contrae, los pulmones se disipan, lo obligan a emerger; Matías sólo desea quedarse al fondo de la piscina y recuerda los años en los que empezó a bucear.
Se inscribió al curso cuando leyó que los astronautas entrenaban en albercas, con tanques de oxígeno y visores negros, y quiso seguir sus pasos, aún tenía la esperanza; cuando entró era aún adolescente. Para el segundo día olvidó la sensación de ingravidez que sólo experimentaban los buzos, los paracaidistas y los astronautas y su mente se ocupó de algo trascendental: sus compañeras en trajes de baño repletas de adrenalina y hormonas. Ese verano se enamoró tres veces, y aunque no recuerda el nombre de ellas sí su cuerpo rodeados por spandex y trajes de neopreno.
Toma impulso y sube lento, entreabriendo la boca para escupir burbujas que ascienden más rápido que las piernas, hasta que siente cómo se vacían los pulmones y asciende veloz hacia el cielo de la alberca. De una soplo respira el aire húmedo de la superficie y se limpia las gotas sobre los ojos, antes de voltear a su alrededor. En una esquina está el asiento del salvavidas, vacío, como toda la piscina. Súbitamente, todo se le aclara, tan evidente que no entiende cómo no se dio cuenta antes.
Sale rápido de la alberca, se seca con una toalla y las gotas del pelo se derriten hasta el suelo. Se viste junto a la alberca y abandona el club de natación al que perteneció de joven, con la ropa encima del traje de baño. El pantalón se humedece mientras llega a la esquina y toma un taxi.
-          ¿A dónde vamos? –pregunta el chofer, ante un Matías en silencio.
-          Todo derecho- responde, sin dejar de ver por la ventana.
El taxi arranca, él observa la ciudad de día, las nuevas líneas de transporte y los edificios cada vez más altos mientras da indicaciones viales en una ciudad que le es extraña. Aunque vivió ahí más de veinte años y  odia su entorno, sabe que aún no es tiempo de regresar a España. Abre la ventana y una bocanada de aire se incrusta en el rostro, como si atravesara una pared de agua. Detrás, al fondo, a lo lejos, huele el aire húmedo que presagia lluvia en un cielo sin nubes y piensa en ella, sólo en ella, para impedir que se vaya.

Matías escucha el ruido del aire que lo invade y succiona el oxígeno puro. Siente la ráfaga que atraviesa la tráquea, reposa por segundos en los pulmones, los tensa y obliga a exhalar por la boca. Con los ojos cerrados vuelve a inhalar. Los labios se amoldan al respirador y escucha el lento subir y bajar del oxígeno por su boca. Hace cuatro meses su madre murió y sólo siente cómo el aire lo invade y lo abandona.
            Deja la boquilla sobre la mesa, cierra la válvula del tanque y espera, sentado, a que la puerta por fin se abra. Lleva doce minutos encerrado y es la tercera vez que consulta el reloj de su celular, las 10:23. Abre por segunda ocasión el portal de noticias. Los mismos encabezados: Matan a tres en Aguascalientes; Cuernavaca es territorio de sangre; Alemania vence a Italia en futbol; crisis en Crimea, cita una leyenda que se desplaza por la pantalla, con un link a un video. Un hombre habla a la cámara, impecable con su traje gris de dos piezas y corbata roja; gesticula en silencio junto a una imagen de Barack Obama, el presidente estadounidense, estrechando la mano de Vladimir Putin, el ministro ruso. Es una imagen de archivo, en ese momento, Matías sabe que son enemigos, que se están declarando la guerra, aunque ninguno quiere combatir. Lee las noticias culturales, y cuando termina, coteja los diplomas que cuelgan en la pared, aburrido. Piensa en la idea que se le ocurrió, revelación que buscar ser narrada, y sigue delineando la trama.
            Matías –escucha su nombre y voltea.
Es Marco, la misma cara porosa, los ojos pequeños y la sonrisa amplia. Camina hacia él, le da un abrazo y siente el golpe fuerte sobre la espalda.
-          ¿Cómo has estado, cabrón? –dice Marco, mientras se separan y lo recorre con la mirada- Me dijeron que estabas de regreso y tenía que ver que era cierto.
Matías lo ve, en traje de baño, el reloj corpulento, con sandalias y camiseta roja con el símbolo del acuario, sólo no encuentra los lentes oscuros sobre la cabeza.
-          No puedo creer que estés aquí. ¿Hace cuánto no nos vemos?, wey
Un poco más moreno, un poco menos pelo, todo lo demás, igual.
-          Ocho años –aclara.
-          Mierda, ocho años –dice Marco mientras se reclina en la silla y acomoda los brazos sobre el escritorio- ¿Hace cinco te fuiste, no?
-          Sí.
-          Puta, que rápido pasa el tiempo.
En el funeral todos le dijeron lo mismo.
-          ¿Qué te trae por acá?, wey
-          ¿A México?
-          A México, aquí… qué cuentas, wey.
Matías había olvidado el tono artificial de Marco, que tantos problemas le habían ocasionado, pero que a él le era indiferente.
-          No mucho.
-          ¿No mucho? –lo interrumpe Marco- lo último que me enteré es que andabas en Europa, viviendo como playboy.
Matías recuerda el frío al salir de trabajar en la madrugada, con las propinas del día y las manos dentro de la chamarra, frotándolas, mientras espera el autobús que lo lleve a su apartamento, cuarenta minutos fuera de la ciudad, sin aire acondicionado, con una cama individual y un librero repleto.
-          Algo así.
-          ¿En Barcelona?
-          Sí.
-          Pinche Matías, quién como tú –palmea Marco, sin dejar de verlo-. Y seguro, anduviste por todos lados.
No recuerda los viajes en tren ni ciudades pequeñas, sólo París, siempre París y, si se concentra, encuentra ese hotel en Pisa y una tarde atemorizante en Atenas.
-          Europa no vale si no vas a esos lugares ¿o no, wey? –afirma Marco, restregándose las manos- tengo un chingo de ganas de hacer eso. ¿Y qué tal es, diferente?
Matías se queda callado, piensa en las calles estrechas, los museos, los edificios monumentales y en la perfección. Marco arquea las cejas, se impacienta.
- No seas cabrón. Sé que fuiste. Ya cuenta.
Ve a Marco a los ojos, piensa en trenes, en mujeres, en clubes nocturnos, en Europa, pero no tiene idea de lo qué quiere saber y sólo responde.
-          Increíble.
-          A huevo, tengo un chingo de ganas de ir, sólo por eso.
Matías no adivina.
-          Tienes que ir, vale la pena.
-          Si cabrón, he visto fotografías y videos.
Trata de imaginar cómo sería la carpeta con el título “mi viaje a Europa” en su álbum de fotos.
-          Ninguna foto se le acerca.
Deben ser mujeres o antros, piensa, Marco siempre se jactó de su ignorancia. Tal vez coches.
-          Ya sé, cabrón. Es que ir a la islas Orcadas o Malta o, ¡Azores!, we
Ah, playas, delimita, el siguiente punto es mujeres en bikinis, no, toples.
-          O estar a 30 metros de profundidad y ver los barcos de Scapa Flow o las mantas en Isla de Hierro, debe valer todo el viaje.
Marco le da un golpe y Matías sonríe, sigue siendo el mismo que hace diez años. Matías piensa en los lugares que nombra, nunca fue, pero repite el último, el que conoce de fotografías.
-          Isla de Hierro, en Canarias, lo mejor. Unos arrecifes y cuevas volcánicas…
-          No mames, cabrón –lo interrumpe, emocionado- Isla de hierro debe ser una chingonería. Que chingón que fuiste, pinche Matías. Es uno de los cinco lugares en los que quiero bucear.
-          ¿Y los otros?
-          Los mismos que siempre, cabrón.
Matías ni siquiera lo intenta, sabe que esa etapa de su vida se esfumó hace muchos años.
-          No mames, ¿no te acuerdas? Íbamos a ir juntos.
-          Ah –dice, mientras se arremolinan nombres en su cabeza, sin sensaciones- Blue Hole en Belice.
-           Exacto, puto, la isla de Gorgona en Colombia.
-          Para nadar con los tiburones.
-          Sabía que te acordarías -Matías lo ve, la piel un poco más morena, más viejo, con más adrenalina- Port Sudán.
-          El mar Rojo –dice Matías y comienza a sentir la adrenalina de planear viajes inexistentes, como veinteañero- donde están los—
-          Toyota –le interrumpe Marco, con emoción de niño- debe ser poca madre ver el chingo de coches abandonados –suspira- pero nada como Scapa Flow y Isla de Hierro -nombra los últimos, como un mandato- Qué chingón, pinche Matías.
Matías ríe y nostálgico argumenta, como si la edad lo rebasara.
-          Qué tiempos… Y tú ¿qué has hecho?
Marco le cuenta sus últimos diez años, sin omitir mayores acontecimientos hasta un estruendoso.
-          Aquí me ves –Marco señala la placa, dorada, supervisor.
Matías observa la oficina oscura, repleta de carteles y hojas sobre el escritorio.
-          Vi que ahora eres El supervisor –lo remarca, le susurra al ego.
-          Sí, caon –Marco se hecha hacia atrás, con orgullo- hace tres años me promovieron. Aunque es un megachinga, no te creas. Estar todo el día coordinando todo el desmadre, que todos hagan bien su trabajo, que cuiden el equipo, supervisar a la gente… pero chingón.
-          Lo mereces, ya llevas aquí ¿qué, once años?
-          Sí –se interrumpe, como en diálogo torpe-. Qué pinche gusto, Matías. No mames, que bien la pasamos, ¿te acuerdas?
Se acuerda, por eso está ahí.
-          El viaje a Ríohacha –recuerda Matías.
-          Tu primer buceo – dice Marco, conteniendo la sonrisa, como si llevara mucho tratando de contar un chiste.
Matías sabe que es una de sus anécdotas favoritas, nunca ha tendido porqué y no lo deja continuar.
-           O la vez de las cuevas –evoca Matías y Marco lo detiene con una carcajada incómoda.
-          Pinche Matías, no cambias. Y ¿ya estás casado, con hijos?
-          No.
-          Yo tampoco. Apenas tenemos treinta años, cabrón. ¿Sabes quién ya se casó y hasta es papá? Julián.
No recuerda a ningún Julián, pero sólo asiente.
-          Sí, ya todos se están casando.
-          Qué hueva cabrón. Mejor así, uno libre –se señala el pecho, como si no hubiera evolucionado a humano- Y la vida que te debes haber dado cabrón. Por lo que vi en un programa, en Barcelona hay alemanas, polacas, checas, ¡checas wey!, me han dicho que están buenísimas.
Matías sólo sonríe. Nunca conoció una checa ni fue a Praga, sólo conoció a sudacas como él y recuerda a una venezolana en la que no pensaba hace mucho tiempo.
-          Sí. Hay muy buenas viejas –responde, sin darse cuenta que mimetiza el tono.
-          Que envidia, yo también he agarrado buenas morras, aunque acá no son lo mismo–dice Marco, en avalancha- pero, ¿cuándo llegaste?
-          En agosto.
-          Ah, no mames, entonces ya estás de regreso cabrón, tenemos que ir por unas chelas. ¿Y por qué te regresaste? –Marco recuerda, se queda en silencio, y le sujeta el antebrazo - Lo siento mano, no pude ir al funeral. Lo leí en Facebook, pero sabes que no soy bueno para esas cosas.
Matías lo ve sorprendido.
-          No te preocupes.
-          ¿Y cómo estás?
-          Bien.
-          Ya, la neta, soy yo we, ¿cómo estás?
Sabe que si le dice la verdad, que está bien, que no extraña a su madre, que está emocionado por planes futuros, que no pasa nada, no le creerá.
-          Mejor que el viejo, ese sí está jodido.
Marco hace el gesto incómodo de la empatía, sus padres aún viven, sus abuelos también. No sabe lo que es la muerte, pero piensa que debe ser lo más difícil de la vida; insuperable.
-          Me imagino. Debe estar cabrón, pobre de tu jefe. ¿Qué fueron, treinta y cinco años juntos?
-          Cuarenta y dos.
-          Madres.
-          Sí –dice, mientras se acomoda en la banca.
-          Supongo que te estás quedando con él.
Marco pregunta como interrogatorio. Matías, ya quiere llegar a la reunión a la que fue; si en diez años no han hablado es por algo.
-          Sí –escueto, no quiere dar explicaciones – ¿Y tus papás cómo han estado?
-          Bien, igual, ya sabes.
Marco se sienta enfrente, lo observa, pálido, con los brazos más delgados, cansado.
-          No mames wey, estás igualito. Tenemos que ir por unas chelas, urgentes. ¿Y vas a quedarte de fijo?
-          Es lo que estoy viendo -contesta Matías-, en España está muy complicada la situación.
-          Sí, vi que están peor que Guatemala.
Matías duda que Marco sepa cómo es la realidad guatemalteca y asiente.
-          Así que si encuentro un buen trabajo aquí, me quedó por un tiempo. Ya extrañaba México –miente.
-          ¿Y qué tipo de trabajo buscas?
-          Ya sabes, sigo siendo el mismo –miente- uno que sea divertido y no tenga que usar zapatos. No importa tanto cuánto paguen -dice, seguro de que mordió el anzuelo
-          ¿Y por qué no trabajas en un periódico?
-          No mames –le dice, como si hablaran el mismo idioma- ya me cansé.
-          Te entiendo –asegura, sin conocimiento -está cabrón ser Godínez. ¿Y no te gustaría trabajar en un lugar como éste?
Matías ve la oficina, como si no la hubiera analizado.
-         Sé que no es mucho para ti.
Divaga entre fotografías de peces y corales. No quiere decirle que por eso está ahí, que necesita bucear para encontrar una historia; sin importa la paga miserable o la ausencia de futuro.
-          ¿Aún te acuerdas cómo bucear?
Matías asiente.
-          Es como andar en bicicleta, eso no se olvida- dice, en lugar común y sonríe.
-          Eras bueno. La neta nunca entendí porque lo dejaste.
-          Ya sabes, la vida te lleva por otros caminos –Matías alecciona a Marco, con frases que sabe que lo cimbrarán, como si fueran tarjetas postales.
-          Éramos un gran equipo –dice Marco, nostálgico.
-          Sí –replica, seguro de que tiene que amarrarle la idea- un gran equipo, siempre.
Marco lo ve, estira los brazos hacia la mesa, como si la rodeara y viéndolo a los ojos, pregunta, como le enseñaron.
-          ¿Te gustaría ser coordinador de buzos?
Matías lo ve, como si no lo esperara.
-          ¿Aquí, aquí?
-          Pues sí wey, ni modo que en Canarias, no mames.
Matías sabe que necesita sentir para escribir una novela de una vez por todas.
-          No lo había pensado, pero me encantaría.
-          Tengo que hablarlo con el jefe, pero –Marco guarda silencio, crea suspenso- a la mierda… ¿le entras?
Asiente. Marco palmea el escritorio.
-          Pinche Matías, que chingón será trabajar contigo. Otra vez juntos, cabrón.
Matías actúa emociones para no defraudarlo.
-          Serás coordinador de buzos, mi mano derecha, ¿cómo ves?, cabrón… pinche Matías.
Matías recuerda los escalafones. Equipo técnico, asistentes, buzos de limpieza, instructores, biólogos y veterinarios, el coordinador de buzos, el supervisor, el ingeniero y el patrón. Así se los enseñaron. Estrecha la mano de su próximo jefe y sabe que su sueldo no va a ser tan raquítico como esperaba.
-          Tenemos que hablar del sueldo –dice, como en cualquier entrevista de trabajo- y de los horarios.
-          El sueldo es bueno y el horario es de oficina. Tienes todas las prestaciones de la ley y una oficina para ti. Además--
-          ¿Tiempo de oficina? –lo interrumpe.
-          Sí, de 9 a 6. A veces hasta las ocho. Pero pagan bien.
No está ahí por el sueldo y, de seguro, la noción de un buen sueldo para Marco es exagerada, piensa.
-          No sabía que abrían hasta tarde.
-          No, el mismo horario que siempre, pero es un cargo ejecutivo. Aunque el museo esté cerrado –Matías sonríe, piensa que si Marco conociera los museos sabría que esto no es ni un criadero de zoológico- tendrás que estar aquí, tomando decisiones y llenando papeles.
-          O sea, ¿en las mañanas buceo y después en oficina?
-          Sí, bueno, tú no buceas mucho, pero eres el coordinador, decides la rotación y supervisas que todos hagan su trabajo. Sería el responsable ante mí, directo.
-          O sea, ¿sería el responsable del acuario?
Marco odia el “o sea” de Matías, siempre creyó que su mayor defecto era ser así, “fresa”.
-          Luego te cuento con calma pero, a grandes rasgos, serías el encargado de la logística del acuario, supervisarías la limpieza, a los grupos escolares, que los shows se den en sus horas –recuerda los espectáculos, de circo no de acuario- y que no haya problemas con los visitantes.
-          Es mucha chamba –dice, inseguro de buscar un puesto administrativo.
-          No te preocupes, hay otra coordinadora -ríe Marco, con picardía de ignorante- y creo que te va a gustar como compañera.
Matías duda.
-          Me late, gracias.
-          Tú y yo, un equipo –le dice Marco y Matías se sorprende al ver que su amigo y jefe, realmente se emociona por trabajar en un acuario de pueblo. Él sólo quiere sentirse vivo, otra vez.
-          Y ¿cuándo empiezo?
-          ¿Cuándo puedes?
-          Ya.
Marco se emociona, revisa su agenda, en blanco.
-          Nos vemos mañana, aquí, a las 9 –revisa su reloj- yo llegaré a las diez, pero aquí nos vemos. ¿Tienes equipo?
Medita si aún servirán sus aletas, si el visor no se empañará. De pronto, como siempre, suena un teléfono.
-          Marco Aguilera, al habla.
Matías escucha un par de frases, demasiado serias; el tono, como villano caricaturizado..
-          Me permites, tengo que tomar esta llamada. Nos vemos mañana. - Le ofrece la mano a Matías y le indica con la vista, la puerta- ahorita le digo al poli de tu salida.
Abandona la oficina en silencio. Cuando cierra la puerta, decide recordar el lugar. Camina hacia la puerta, clausurada para visitantes y entra al acuario de épocas antiguas. Atraviesa los vestidores y ve algunos cambios, mínimos. Nuevos armarios, las mismas bancas y las regaderas tan despostilladas como hace una década. Camina sobre la alfombra gris, sólo se escuchan sus pisadas y el ruido de las máquinas. Matías sabe que es el día libre, no espera encontrar gente.
Atraviesa las calderas, sin dejar de pensar en la idea que se le ocurrió hace siete días, casi ocho. Es un sueño que creía olvidado, que siempre deseó; y ya. Su padre se lo dijo, todos creían que era una broma, un deseo de infancia. Y lo fue. Nunca llegó a nada. Matías recuerda a una compañera de la preparatoria, ella también quería ser astronauta. Lo último que supo fue que trabajó en la NASA y terminó en Holanda, trabajando para el instituto aeroespacial en Amsterdam, con la esperanza de ir al espacio. Cuando supo la historia, se decepcionó, él no se había esforzado lo suficiente. No escucha ningún ruido y sigue caminando, en solitario, sin dejar de pensar en los astronautas, en esos hombres que se atrevieron, a todo y abre la puerta que lleva a los viejos estanques donde los peces imaginan que viven en el océano más pequeño que se conozca, no en una pecera gigante.
La puerta no suena y cuando entra, se queda estático, con la barra de metal en la espalda. A su derecha hay un letrero que prohíbe el paso y camina, lento, con los ojos muy abiertos y el rostro azulado. Piensa en Yuri Gagarin, cuando le mostraron el cohete espacial.
-          Pinche Marco- dice, mientras ve el nuevo acuario.
Cuando se fue, las peceras eran de acrílico y cemento, pequeñas tinas azules que albergaban tortugas, mantarrayas y un estanque de nutrias. Ahora, los tanques repletos se deslizan con formas que semejan agua.
Camina por el pasillo, la oscuridad a su alrededor, tenue, visible para no caerse pero genera la sensación de estar solo, aun hubiera más gente, y las peceras de azul neón que se desbordan. Se acerca al vidrio y observa a los peces, conviviendo en cardúmenes diminutos. Un pez pargo nada, aletea con ventosidad y pasa frente a él, con el ojo negro hacia él, como si lo viera un ciego.
Camina con los ojos amplios, observa cada tanque, como si fuera por primera vez, de la mano materna y, con un dedo, señala las tortugas, los peces carpa que se repliegan como nubes y piensa que para eso llegó esta mañana. El lugar es mucho mejor de lo que esperaba y ya tiene un trabajo. Observa los cangrejos en el fondo de las peceras. Convierte el posible sueldo en euros y se da cuenta de que la paga es pésima, pero por el momento no paga renta y tiene que aprovechar el tiempo libre para escribir. Sabe que ese lugar lo inspirará. Sigue con paso lento, al pargo que ondea por la pecera circular, con la mano sobre el barandal, frío. Piensa, que tiene razón Marco, no es un acuario, es el museo marítimo que le contó una vez, borracho.
Detrás del pargo hay un pez más grande, no recuerda su nombre, que zigzaguea, en busca de presa, de un lado a otro, entre los helechos de las esquinas y deja rastros de la arena cuando asciende. El pez se acerca al pargo, sin calma, y Matías da un brinco.
 Matías escucha su corazón en aspavientos y una risa que inunda la sala. El pez se contrae entre las mandíbulas del tiburón y se aleja de la vitrina, perplejo. La risa se contiene a su espalda. Espera. Cuando voltea, la ve caminar, casi a lo lejos, con un lento movimiento, como si flotara sobre la alfombra, con blusa jade y pantalón blanco, liso. Ella camina sin detenerse, frente a las paredes de vidrio, y sólo voltea cuando está frente a las nutrias. La nariz recta, los ojos grandes que brillan y el pelo liso que se agita sutil, siguiendo el compás de cada paso. Sabe que no están permitidas las visitas y duda que ella trabaje en un acuario. Ve como sonríe con las nutrias, las señala, como si acompañara su jugueteo hasta que se pierde en la oscuridad. Cuando siente que desaparece, baja la mirada y le ve el trasero, perfecto, y enmarca las manos, como si lo apretara.
Ella voltea, sin verlo. Matías vira la cabeza, el suelo, la alfombra lisa, impecable, el agua transparente y el suelo de arena. Escucha la puerta que se abre, la luz ilumina el suelo y ella desaparece. Matías observa el techo azul lámpara y los peces revoloteando; las nutrias a lo lejos, entre travesuras. Observa la mole gris que nada con la boca repleta de agua roja y se aleja como de una aparición, recorre el resto del acuario.
Imagina cómo serían los tanques de los años sesenta, cuando los usaban como entrenamiento para ir al espacio y en todo lo que ha cambiado el mundo en cuarenta años, tan lento. Matías piensa en la frase que dijo Buzz Aldrin en 2010 y sonríe.  Marco cumplió su sueño; ahora le toca a él.
El primer paso, piensa es entrenar como ellos y sabe que bucear es la parte más divertida. Quiere recordar la gravedad cero, económicamente más accesible, y caminar en un espacio extraño. Además, su padre estará tranquilo, su hijo tendrá dinero y tiempo para escribir su novela, aunque sólo tiene la idea, sin la delineada historia, ni personajes. Sólo sabe que conlleva mucha investigación y eso le emociona; es su oportunidad de esforzarse.
 Cuando llega a la puerta de emergencia se acerca al vidrio y observa a los tiburones blancos, la corteza gris, los labios tan delgados como si sonrieran, y la cola que se mueve en zetas, como una convulsión en líneas rectas que se cortan y después, nada, estáticas, conteniendo el agua, como si flotaran. Siente las palmas, repletas de rocío y se las frota, con ansiedad. Mañana va a hablar con Marco, él tiene que nadar, ya, en esa pecera, aunque sea como buzo de limpieza.
Matías camina por la ciudad, le da vueltas a la misma idea que no trasciende, cree que el acuario lo puede inspirar. Si va a escribir una novela sobre el viaje espacial, tiene que entrenarse como uno. Piensa en Flaubert, en Hemingway y en escritores que lo justifiquen, que se hayan adentrado en la vida para poder escribir de forma realista temas ficcionales. No se le ocurre. Sale del acuario, con las manos dentro de los bolsillos y los pasos lentos, como si la recordara. De todos los animales que vio en esa pecera, ella sí lo impresionó.
Sube el puente que lo lleva a la estación, atraviesa los torniquetes, camina por el pasillo del andén, el metrobús se acerca y él sigue ahí, lejano. Los pasillos repletos de gente, la televisión a todo volumen, y el calor de la una de la tarde en verano. Va hacia su casa y sabe que el viaje parecerá más largo que el de la mañana. Sólo desearía estar sentado.
Cuando el metrobús se detiene, baja entre empellones y conpermisos. Camina por el andén, el cruce del semáforo, la calle de árboles frondosos en camellón y calles devastadas y fachadas viejas y llega a casa. Un portón negro liso, una cerradura y un timbre. Abre la puerta de su casa y entra, sabe que no hay nadie. Son las 2:40 de la tarde y sabe que su padre no estará en casa. Lo dejó plantado para desayunar y se preocupa, no por un regaño sino una decepción. Lo tiene que remediar. Su padre llegará hasta las 7 pero querrá cenar, como le enseñaron de joven en el internado, hasta las 8. Tiene tiempo de sobra.
Entra al cuarto y abre la ventana. Piensa en su día y se recuesta, con el control de la televisión en la mano. Prende la televisión. Aparece un anuncio con el listado de las películas del mes, entre ellas Bajos Instintos de Paul Verhoven. Matías recuerda a Sharon Stone y acaricia el pene, como adolescente. Apaga la televisión, decidido, y abre la puerta del clóset, saca dos cajas de cartón. Abre las cajas de libros y ve que no son libros, son viejas vajillas y recetarios. Hace mucho tiempo no se siente así. Entusiasmado. Abre otra caja, sin sellar, y encuentra sus cosas empacadas. Saca la caja del clóset blanco y la lleva a la cama. Siete u ocho cuadernos, rayoneados, con diagramas y tablas de personajes. Viejas ideas que dejó en un vagón, abandonado de la memoria. Abre el primero, recuerda algunas historias y los revisa, con la misma meticulosidad que hace un mes.
Cuando suena la alarma de su celular, encima de la cama, lo ignora y sigue hojeando, sin encontrar ideas, sólo argumentos que merecen fuego, no lecturas. Son las once de la noche en España, la hora en la que platicaba con ella. Toma su celular y escribe.
Matías (15:45): Hola Montse, perdón.
Borra el texto. Observa la fotografía, los rasgos infantiles, el pelo sobre los ojos, duda que escribir, y los senos como melocotones. Revisa la conversación y se frota el pantalón de mezclilla, mientras el pene aumenta de tamaño. Regresa al comentario, lo reescribe sin enviarlo y cierra la conversación.
Tiene un mensaje pendiente, de Carla, su mejor amiga de la preparatoria.
Carla (15:23): Acuérdate que en 15 días es mi cumple. No vayas a faltar.
No quiere platicar. Abre otro cuaderno, de espiral blanco y pastas de superhéroes. Observa las hojas, la letra ilegible, siempre en azul, y las indicaciones en el centro del cuaderno, rodeado por esquemas, dibujos y citas, algunas subrayadas.
 “Libro de cuentos”. “Entre 96 y 120 páginas”, repasa Matías, no recuerda ese proyecto. En el margen hay una frase enmarcada: “donde se muestre mi mundo, tanto el interior, presente en toda obra artística, como el exterior, para ejemplificar una realidad plural”. Lee las indicaciones y sonríe, con desprecio. “Doce cuentos divididos en cuatro temáticas: niñez, adolescencia, madurez y senectud.” Esto lo escribió en 2004, piensa, aún no se iba a España. Lee los títulos: “Ante los vientos cálidos”, “Una mirada perdida”, nombres de adolescencia. Da vuelta a la hoja. “Idea para un cuento: historia de una muñeca por parte de una niña”, avanza por las hojas, más rápido. “Cuento sobre el sueño de un adolescente por ser trompetista de un mariachi, hasta que roban su instrumento, poco antes de su presentación, y tiene que recorrer la ciudad en su búsqueda.”. Hojea nombres de personajes y situaciones, copias de sus lecturas. Cierra el cuaderno y abre otro. Son las historias que se le ocurrieron en sus viajes. “contemplación, desde una ventana de los canales de Venecia y los cientos de historias que fuera del cuarto se están realizando mientras espera a la muerte.”, una historia en una playa, relee los inicios de sus historias, una pareja en una isla, un hombre en un convento. Cierra el cuaderno, abre otro, menos maltratado. Austria. Lee el título y recuerda la novela sobre un batallón en la primera guerra mundial que empezó en España y nunca continúo. “Cinco soldados del imperio austro-húngaro descansan en su tienda después de la batalla de Ypres, juegan cartas.” Recuerda sus lecturas del crack mexicano, de historias europeas y guerras lejanas. Le gusta la idea, pero nunca la sintió cercana. “más de un millón de muertos,” “el país es ocupado de 1914 a 1955 por diferentes fuerzas”, lee en frases sueltas y se enoja consigo mismo, por no haberla escrito. Se brinca esquemas de la novela, los nombres de los personajes, la división por capítulos y llega a una frase que lo sostiene: “Toda ciudad se funda en la violencia / y en el crimen de hermano contra hermano. J.E. Pacheco”, le gusta, arranca la hoja y la acomoda sobre su escritorio, cree que la puede utilizar en otra historia, una que no trate de la luna. Al final lee una lista bibliográfica. Novelas que transcurren durante la gran guerra: Hemingway, Graves, Remarque, Roth, otros. Cuadernos repletos de ideas, piensa y ve su librero, repleto de libros ajenos.
Cuando termina de hojearlo, abre la puerta del cuarto, la casa permanece en silencio, camina a la cocina y abre el refrigerador. Hay espagueti, como toda la semana. En el segundo stand hay dos bolsas de jamón, en las cajoneras hay una lechuga desinfectada y una bolsa de plástico con tomates rojos, maduros. Va a la cocina; se prepara un cereal. Sube el plato a su cuarto, con la leche tambaleando por la escalera y entre los dientes la boquilla de un envase repleto de agua, fría. Atraviesa el pasillo, el plato blanco con hojuelas de chocolate al frente y se acuesta en la cama. Abre otro cuaderno, repleto de hojas blancas. En la potada, con marcador negro, lee Hishima. Ese cuaderno es de su época en España, lo dejó las últimas vacaciones. Lee las frases como sentencias: Hishima. Isla japonesa ubicada a 15 kilómetros de Nagasaki. Una experiencia estética desoladora. Novela corta. Es una ciudad conservada en el abandono con edificios, casas, cines, oficinas, escuelas, camas, radios, televisores, ropa, muñecos, todo cubierto por el polvo. Le da un sorbo a su cereal, sin dejar de leer las notas. Pequeña isla. Uno de los principales centros mineros de Japón y el lugar con mayor densidad poblacional, en la historia, lee, subrayado. Se vació por órdenes de la empresa Mitsubishi, cuatro meses. Durante la segunda Guerra Mundial murieron 1,300 trabajadores por las escasas medidas de seguridad. Trato esclavista de los empleadores. Terrorífica visión en agosto de 1945. Bomba atómica. Nagasaki. Recuerda la novela. Escribió las primeras 150 páginas, hasta que se le ocurrió una mejor idea, como siempre. Saborea el cereal de chocolate que le recuerda su niñez y lee el argumento. Santiago, joven en crisis de identidad, viaja a Japón para cumplir una promesa pues su hermano mayor Leonardo acaba de morir de cáncer. Matías recuerda, en esa época su madre aún no tenía cáncer. Hace memoria. Un amigo se había muerto de cáncer, en la rodilla, piensa y se frota la mandíbula, con dolor temeroso y hojea páginas más adelante. Santiago carga en la mochila el diario de Leonardo con una porción de las cenizas y una guía histórica del lugar. Repasa letras, sabe que esa historia no le servirá. Locación: barco. Santiago platica con Haru quien vivió en la isla cuando era joven y la abandonó cuando el gobierno la clausura. Continúa repasando la trama. Matías saber que una vez que la idea se ha implantado, se tienen que conformar la historia y los personajes. Al llegar, Santiago se entera que la parte central de la isla está cerrada, por lo que antes de que el tour parta se esconde en un edificio y cuando la isla está evacuada recorre la isla por su cuenta, donde reconoce los edificios y espacios públicos que su hermano analizó y duerme en una casa. A la mañana siguiente, espera en el puerto pero el barco no regresa y por un cartel se entera que tendrá que esperar pues el recorrido es semanal”. Matías lee los cinco días en que Santiago recorre la isla y cada espacio nuevo evoca una segunda historia: Haru y Maoko, su novia. Interesado, por un momento olvida su deseo de viajar al espacio y revisa el argumento, completo.
Hojea el cuaderno, los espacios en blanco donde debería haber conformado la novela. Sabe que antes de escribir, debe crear todos los elementos; no cree en las novelas sin planeación. A la mitad del cuaderno de pastas duras hay una división. Personajes, reza, con pluma azul y un subrayado rojo. Hojea, los protagonistas están divididos en varios niveles, una categoría por cada página: Físicas. Cambia de hoja. Psicológicas. Emocionales. Habilidades. Miedos. Objetivos. Dimensión social. Sorprendido lee cada aspecto, no recuerda haber profundizado tanto en los personajes. Dimensión moral. Trasfondo histórico. Características definitorias. Frases célebres, en blanco. Incidente incitador y evolución: El incidente que lo motiva a la acción es la muerte de su hermano Leonardo. Y continúa, releyendo el cuaderno, como si otro lo hubiese escrito. Al final lee la estructura: “basada en la teoría de cuerdas y la idea cosmológica del multiverso. Leer: Brian Greene, El universo elegante, La realidad oscura. En la siguiente página hay más de veinte novelas japonesas y libros históricos que tenía que leer, sólo dos están subrayados. Cierra el cuaderno, hunde la cuchara en el cereal y sorbe leche oscura, las hojuelas humedecidas se pegan en el paladar. Continúa repasando el cuaderno.
De pronto, escucha que la puerta se abre, es su papá, ve el reloj. Las siete en punto, como siempre.
-          Matías, ya llegué.
Abre la puerta del cuarto y grita, como adolescente.
-          Ahorita salgo.
Cuando termina de hojearlo lo acomoda dentro de la caja con todos los cuadernos, la cierra y la acomoda junto a la cama, aún le quedan cinco cuadernos que hojear, los últimos, los más importantes. Toma el tazón vacío, seco y camina hacia la cocina. En el pasillo, observa la puerta del cuarto de sus papás, cerrada, como siempre. Desde que su madre murió, su padre se encierra una hora, bajo llave; es un hombre de costumbres
Toma las llaves y sale de la casa, son las 7:10 y aún es de día, como en su infancia. Cuando regresa, su padre aún no baja. Deja las bolsas de plástico encima de la mesa de la cocina, se lava las manos y teclea su celular, con rapidez, como si hablara con alguien y camina por la cocina. En el reproductor suena  “In the mood” de Glenn Miller.
Matías tararea en eco de trompeta y deja caer las papas en trozos sobre el espejo de aceite que hierve en el sartén negro. Les rocía un poco de sal con ajo y las observa bullir, con el sonido de las burbujas de aceite explotando, todas, casi, al unísono, sin estropear la pieza de Glenn Miller ni su baile anacrónico con el que atraviesa la cocina.
Lava los tomates y los parte en una tabla de madera y los vacía encima de la lechuga, la rocía con aceite de oliva y salsa de soya, nueces picadas, un poco de queso blanco, hierbas y lo mezcla con soltura. Se acerca a la estufa, donde las papas se tambalean, con una pala extrae las de color amarillo penetrante y las acomoda encima de una servilleta, para que se deshagan de toda la grasa. Ve el reloj, son las siete cincuenta y cinco, su padre debe estar bajando las escaleras o lavándose las manos. Recuesta las papas en un platón blanco en la mesa, junto a la ensalada, el platillo principal que humea y el postre.
-          Que rico huele –dice Julio, a tiempo.
Matías acomoda dos vasos de agua anaranjada y un tequila para su padre, revisa que todo esté en orden y se sientan en los mismos lugares que compartieron durante veinte años. Cuando van a comer:
-          Dame la mano.
Matías voltea a verlo, con la palma extendida y suelta la carcajada, ante la posibilidad de que recen antes y se sirve un poco de ensalada.
-          ¿Te sirvo? –pregunta, antes de que su padre haga el ridículo.
-          Pensé que a tu madre le gustaría –se justifica el padre.
-          Nunca lo has hecho y aún no estás tan viejo como para empezar a rezar.
-          Pásame las papas – reniega su papá y se cruza por toda la mesa, sin esperar.
Matías se sirve el platillo principal y lo aprueba, lo aprendió hacer en España cuando trabajaba en cocina, rápido de hacer y de sabores permanentes.
-          Siempre te gustó cocinar –le dice Julio- De niño te metías a la cocina, con tu madre y tu abuela, mientras tus tíos y yo hablábamos en la sala.
Julio toma tres o cuatro papas, pequeñas para probar, y un poco del platillo que humea aromas.
-          Hablaban de política, eso a cualquier niño le aburriría.
-          Sí, pero a ti te gustaba ayudar en la cocina -recuerda Julio- Por eso, cuando trabajaste de pinche en España, no me sorprendió.
-          Cocinero.
-          Tu madre me dijo que eras pinche y mesero.
Matías no discute, tiene razón; nunca tuvo papeles para volverse chef. El padre prueba la comida, la saborea con una sonora repercusión de emes y comen en silencio. Matías disfruta la cena y piensa en su novela.
-          ¿Y qué hiciste hoy? –lo interrumpe Julio, su padre.
Matías piensa en la mujer que vio en el acuario, calcula que tiene 25 a 27 años, tal vez más, recuerda el pelo sobre los hombros, oscuro, la mirada cálida, repleta de agua y la imagen como seda.
-          Espero que esto no sea –cuestiona, de repente- para pedirme dinero –el papá, siempre el mismo.
-          No –aclara Matías y espera hasta que el bocado se disuelva- sólo que fue un buen día, es todo. Y creo que tienes razón, si estoy aquí es para ayudar.
Julio lo voltea a ver, extrañado, y espera una mala noticia.
-          ¿Todo bien?
-          Sí. Decidí quedarme, otro tiempo.
-          Oso –hace años no le decía así, desde que le dio sus últimos consejos antes de irse a Europa-  ésta siempre será tu casa, pero – el padre respira entre frases- debes hacer tu vida, regresar a Barcelona.
Matías lo ve y decide contarle que en España ya no tiene nada, que no sólo se quedará para estar con él, que tiene grandes planes, pero calla, sonará a promesa y ha quebrantado demasiadas. Julio le da un bocado al platillo principal, lo saborea.
-          Me di cuenta que aquí quiero estar, ¿si no tienes inconveniente?–responde y le da una mordida a la papa, que humea dentro de su boca.
-          Encantado –le dice Julio mientras olfatea su plato- Te quedó muy rico todo.
-          Gracias –le dice, como si no importara- Por cierto, ya tengo trabajo.
-          Muy bien. ¿En dónde?
Julio empieza a recitar los pocos periódicos y revistas que recuerda, a todos Matías le dice que no.
-          En el acuario –dice Matías y Julio deja de comer.
 Lo voltea a ver sorprendido.
-          ¿El acuario?, ¿dónde trabajaste antes de irte a España?
-          Sí.
-          Ay, Matías –dice el padre en un suspiro. Matías prueba un gran bocado, que le impide hablar, y escucha- Cuando te dije que buscaras empleo, me refería a un buen trabajo. Tienes un posgrado, seguramente en algún periódico o revista, necesitarán un escritor.
-          No quiero trabajar en eso, ya estoy harto de corregir a escritores que tienen menos talento o hacer textos sobre temas sin futuro.
El padre no lo entiende.
-          Pero ¿qué haces en el buceo?
-          Remodelaron el lugar.
-          Por favor Matías, sabes a lo que me refiero. No creo que quieras acabar como, ¿cómo se llamaba el compañero que vino al cumpleaños de tu primo y se peleó?
-          Marco.
-          Exacto.
-          Hoy lo vi.
-          Era lógico que seguiría. No creo que Marco, ni ninguno de ellos haya terminado ni la preparatoria, menos estudiado en Europa. Tienes casi treinta años, Matías. Tienes que hacer tu vida.
-          Estoy bien, Pá.
-          Matías, siempre has querido grandes cosas. ¿Y qué tienes?
-          Hoy no Pa –le dice Matías, tajante- ha sido un buen día.
-          De seguro fue un buen día. Además de ir a bucear, qué hiciste, ver la televisión todo el día, preparar la cena y hablar con Monserrat, tu novia española.
-          No, rompí con Montse.
El papá lo voltea a ver, preocupado.
-          ¿Cuándo?
-          La semana pasada.
-          ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Cómo estás?
-          Hoy mejor –le dice Matías-, en general, no muy bien.
Julio lo toma del antebrazo y le acomoda el tequila de su lado. Matías duda, lo ve y le da un sorbo largo, sin pensar en próceres de la patria.
-          Pero me siento bien –le dice Matías, sin mentir.
-          Me alegra.
Julio se sirve una ración extra y saborea la comida.
-          Acá siempre tendrás un cuarto y –dice, con la boca llena- si te quedas, tú serás el cocinero, que ya me harté de comer espaguetis.
Matías suelta la carcajada, en eco de Julio, y sabe que todo va a estar bien, ahora sí. Le da un largo trago al agua de naranja y muerde una papa, complacido. No piensa en Montserrat ni en la muchacha del acuario, sólo en su novela, y se da cuenta que está dispuesto a sacrificarlo todo por escribirla; está listo.  


lunes, 2 de junio de 2014

NOSTALGIA DE VUELO




NOSTALGIA DE VUELO





David Núñez Ruiz














Para mi Yaya, con sus historias
me construyó este aeropuerto

Para ella










Por ahora lo que tengo es nada más que esa sola idea, que es lo mismo que no tener nada; porque una novela no se hace con ideas, sino con tonos y palabras y formas, con narrador o narradores, con tiempo verbales y con puntuación, y por ahora todo eso me falta.
Nada tengo, entonces, solamente esa idea; pero bastan esa nada y esa idea para ocupar casi siempre lo que pienso. Y por lo tanto así como, así comí: disperso, desatento, desapegado, algo ido; y así sigo nomás por la vida: aplicado a mis cositas, perdiéndome un poco de todo, sin enterarme demasiado de nada. 
Martin Kohan, Crónica de un almuerzo en dispersión.


Tráeme la noche
no quiero estar
despierto más
sin verla.
Soda Stereo


Todo hombre es como la luna, con una cara oscura que a nadie enseña.
Mark Twain



















Anuncio: escritura de Nostalgia de vuelo.

Después de un trimestre de trabajo diario, por fin terminé los primeros cuatro capítulos de Nostalgia de vuelo. 
El primer capítulo está corregido, los otros tres aún permanecen en borrador y los puliré durante este mes.
Por ello, a partir de la próxima semana, subiré cada dos semanas un capítulo nuevo.
Espero que les guste y agradeceré sus opiniones, comentarios y todo elemento que ayude a mejorar este inicio de viaje.
 

viernes, 30 de mayo de 2014

Inicio de Ndv (escaleta)

Capítulo 1: Mundo ordinario. Nostalgia y creación.
-          La madre está muerta.
-          Espera que Montse se conecte. Piensa en Rayden, en la idea que se le ocurrió hace varios meses, cuando llegó a México y vio más gente de la que estaba acostumbrado. No le convence.
-          Montse se conecta. Hay platica amorosa, Montse le pregunta cuándo regresa.
-          Matías piensa en regresar, busca vuelos y piensa en su rutina aeropuertaria (lo que se desplegará en los próximos tres capítulos: leer –Rayden-, subirse al avión y esperar –tedio televisivo-, cinturón de seguridad –plática del papá (le dice que como cuando eran niños, aunque no le gustaba, le enseñó a usar el cinturón de seguridad, y ahora lo usa siempre, lo que le salvó la vida en la adolescencia)- y despegar –NDV, acuario y Regina).
-          Recorre la casa. Ve las fotos de su madre y la recuerda-
-           
-          Sexo con Montse
-           
-          Espera para hablar con Montse. Lee lo que ha escrito de Rayden, el argumento. (máximo 6 páginas)
-          Matías Tiene nostalgia de Barcelona.
-          Ve Quantum Leap.
-          Lee la conformación de los personajes.
-          Plática con su papá de que haga algo de su vida.
-          Dispara el perfume de su madre y la recuerda
-          Lee Mailer, define la estructura televisiva. Anuncios.
-          Descarta la idea de Rayden, no es la novela que quiere escribir.
-          Escucha a su padre llorar. Decide quedarse.
-          Tag: Truena con Montse.
-          Conformo personaje. ¿Cómo es Matías?, cómo hacerlo encantador


Capítulo 2: Se hunde, crisis y respira.
-          Retrato de una obsesión, no deja de pensar en Montse
-          Deprimido. Ve la televisión
-          Ecfrasis durante un mes de X-men, al principio y al final (cuando se masturba); Armageddon, Rocky 4,
-          Fuma marihuana
-          Video de tortugas. Recuerda a su madre
-          Lee mientras caga ¿historia nostálgica o algo que de pie a NDV?
-          Sexo virtual con una ex compañera de la prepa
-          Revisa cuadernos I o II ¿?
-          Fuma marihuana para ocurrírsele ideas

-          Tag: Idea de NDV

Rayden (historia de la primera novela que escribe Matías)

Es de noche. En una alberca iluminada, Santiago, de 30 años, flota bocaarriba. Todo es silencio. Adentro, en la casa, una mujer se aferra a las sábanas en llanto contenido. El suelo está invadido de vidrios, una fotografía reposa boca abajo.
Santiago está en su cuarto, con la computadora encendida, sin poder escribir. Harto, sale de su casa, en busca de una historia. Recorre calles, inspecciona establecimientos, hasta que ve una mujer que camina por la calle, vestida con traje sastre, bolsa de y sólo un zapato. Intrigado la sigue y platica con ella. Las afinidades subyacen, sin saber que detrás de esa aparente casualidad se encuentra
Maia, 27 años, siempre quiso ser arquitecta, observa los edificios a la lejanía en la mañana. De pronto, un alarido. Camina agotada al cuarto de sus hijos, Mateo, de 4 años, llora, mientras Román, de 6, brinca en la cama. Maia arrulla a los hijos y prepara el desayuno para Omar, su esposo. Mientras desayunan, ella le pide que dejen a los niños un fin de semana con la vecina y se vayan de viaje. Él prefiere que los cuatro vayan de viaje. Omar se va a trabajar y Maia se queda en la casa. En la tarde platica con la vecina, le explica que la vida de pareja se ha difuminado. El sol cae. Es hora de bañar a los niños y acostarlos, antes de que llegue Omar. La regadera se escucha. Román observa en la puerta, y le pregunta a su mamá por qué hunde a su hermanito. Maia lo toma de la mano y lo sumerge en la tina.
            Marek corre por la selva, desesperado. Observa su piel, es blanco, moteado. Escucha voces, cada vez están más cerca. Gira y ve que un grupo de cazadores negro lo persiguen porque es negro y albino, una mezcla deleitable para los brujos que con su piel, huesos y sangre realizan pociones mágicas. Aún faltan kilómetros para llegar al siguiente poblado, su única posibilidad de sobrevivir.
            Una mujer trabaja en una fábrica maquiladora. De pronto, rompe en llanto, recuerda un viaje en tren. Una pareja joven y adinerada, acompañada por una niña de cinco años que juega con una muñeca, viaja en un compartimento. Salen de Beijing. Los acompaña una muchacha va a una cita de trabajo. Platican de forma amena hasta llegar a la cuarta parada donde los cuatro bajan del tren y se despiden. La joven regresa de su cita, la niña espera en una banca de la estación; la abandonaron porque en China sólo se permite un hijo y quieren un varón.

, donde el libro no sólo obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino experiencias hiladas con diseminación narrativa

¿Para que escribir una novela si el mundo es una ficción? Vivimos en una realidad quimérica, sin que ello nos sorprenda. La causa, “Vivimos dentro de una novela. Cada vez es menos necesario que el hombre invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.” Declaró J.G. Ballard en su prólogo a la novela Crash. Reecribir la realidad es la función; la forma, despojándonos de ella. Ir más allá

El fin de la humanidad se acerca y nos alegramos por ello.

            En 2053, nace el humano número diez mil millones. No hay nada que celebrar. Los recursos materiales se están agotando; la naturaleza ya no puede soportar los acechos de nuestra especie. Los veinte países más ricos (Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, España, Portugal, Australia, Japón, Rusia, China, Brasil, India, Sudáfrica, Egipto, y Canadá) se reúnen para decretar sobre su supervivencia. Deciden recabar provisiones y asolan a las poblaciones más indefensas. En un asalto despiadado, los animales son confiscados, los sembradíos retenidos y el agua dulce, el mayor bien, es reencausada para abastecer a los países más poderosos del mundo. Durante tres años la desigualdad es insufrible, por lo que la gente más pobre decide enfrentarse con los dueños de las provisiones. Comienzan en pequeños poblados y puertos marítimos, hasta llegar a grandes ciudades e invasiones entre los países. En pocos meses se desata una guerra civil a nivel mundial.
            El G-20 utiliza su ejército y armas innovadoras para contrarrestar el caudal de indigentes transmutados en reclutas. En cruentas batallas, los desheredados ganan posiciones y empiezan a confinar a un grupo cada vez más pequeño de beneficiados en las principales ciudades de sus países. Después de cuatro años, los líderes de los dos bandos deciden pactar. La causa, tres mil millones de personas han muerto. Y los pocos recursos se desvanecen a una velocidad atroz. Tienen que encontrar una solución.
            Es imposible repartir los recursos, no son suficientes. Así que después de meses de idear una forma, un grupo de científicos da una solución pertinente. Es la única esperanza.  Es 2060.
            El mundo sólo puede mantener a mil millones, por lo que los otros seis mil perecerán a menos de que todos hagan un sacrificio. La única forma es despoblar al mundo. Para ello, todos deben luchar por la utopía. Durante una generación, la escasez será despiadada, pero la raza sobrevivirá. Veinte años en los que se restructurará el mundo. Los campos serán sembrados, los animales se reproducirán de forma lenta pero constante. Estará prohibida la cacería, el desperdicio y los recursos se racionalizarán hasta el exceso; sólo lo necesario para sobrevivir. La ley suprema: Ningún humano se podrá reproducir.
Después de veinte años, el mundo es habitable. Han construido ciudades sustentables y armónicas, aunque novecientos millones más han muerto durante el proceso, algunos de hambre, otros de inanición. Han sido veinte años de esclavitud generalizada para sobrevivir.
Ha llegado el momento de vivir en un mundo ideal. Todo está listo.
Durante veinte años se han acostumbrado a observar un cielo cambiante. El cielo sigue siendo azul; las nubes mutan con cotidianeidad. Una línea recorre el cielo. Durante los últimos diez años se ha ido tejiendo en torno a la tierra un anillo metálico. ¿La causa? Cinco mil millones de humanos no vivirán en la tierra. No viajarán a otros planetas, no existe la tecnología para ello, sino hibernarán en una máquina especial.
Diez años se tardaron en conseguir los materiales necesarios: acero de alta pureza, titanio y Kevlar. Diez años para construir un anillo geoestacionario de 84 kilómetros de largo por cincuenta metros de ancho, dividido en siete pisos de igual altura.
El piso superior contendrá los motores que mantendrán en funcionamiento a la máquina. El funcionamiento solar los hace autónomos de la tierra, sin embargo, en el extremo superior se encuentran las máquinas que regulan la presión subatmosférica, controla la temperatura corporal de las cabinas y administra el gas somnífero.
Los cinco pisos centrales contendrán a cinco mil millones. Cada humano hibernará durante quince años en una cabina individual, conectado a cables. Cables que florecerán de su cráneo, de su boca abierta, de sus pulmones. Los necesarios para respirar, alimentarse y no despertar. En esos años, los hibernales vivirán a partir de sueños modulados para generar sociedades modélicas.
Cada tres años, uno de los paneles, bajará a la tierra y los humanos que habitan la tierra ascenderán a la órbita geoestacional por uno de los tres pilares que une al piso inferior de la máquina con la tierra. Cada pilar de metal suministra, por medio de tubos en su interior, oxígeno y nutrientes para que la gente sobreviva en las cabinas. Además, la máquina tiene un dispositivo que funciona como elevador, donde la gente desciende al mundo y asciende a los paneles para sumergirse en el estado letárgico. El proceso de transportar a los mil millones de humanos tarda seis meses.
El primer problema que se plantearon fue la ubicación de los pilares. Los países dominantes ocasionaron la Gran Guerra, por lo que quedaron descartados. Necesitaban países ubicados en diferentes continentes, y con características espaciales definidas: arriba del Ecuador, con amplia gama de recursos naturales y que sus habitantes representaran la hegemonía cultural (religiosa y lingüística). Por ello, decidieron que en Asia fuera Corea del sur; en África, Tanzania, y en América, México. En cada uno de los países, cuando transcurrían los tres años, se ajustaba la maquinaria para que las cabinas bajaran. Si alguno de los pilares no era accionado, las cabinas permanecerían inmóviles en el espacio.
Durante ese ternario, mil millones de humanos vivirán en la tierra. Cada uno desempeñará una función durante dos años y medio. Los últimos seis meses podrán viajar a cualquier parte del mundo. Todos vacacionaran a la vez, pues los medios de transporte tradicionales (barcos, aviones y automóviles), fueron utilizados como medio para la guerra, por lo que son destruidos y en su lugar se construye un monorriel eléctrico que recorre el mundo a velocidad sónica. El problema es que tarda tres años en recargarse. El recorrido final lleva a los humanos a las cabinas, donde dormirán.
Los sueños son acordes a la edad del soñante, el inconsciente reúne el material que recabó durante tres años en la tierra y lo une a mensajes que la maquinaria cifra de acuerdo a las características que eligieron para ellos. De esa forma, prosiguen su vida a través de sueños. Sueños ininterrumpidos que duran quince años. Los sueños están estructurados en tres etapas.
En la primera, se reproducen los momentos más importantes del tiempo pasado. No sólo bajo la máxima de recordar es vivir, sino que mientras recuerdan, la máquina registra la información para conformar los siguientes sueños, que serán mezclados con discursos que les brindan las pautas emotivas y morales para vivir de forma armónica en la tierra.
En la segunda etapa, los sueños se mezclan con elementos educativos. Durante inco años soñarán con trabajos y funciones, para que aprendan y perfeccionen el oficio que desempeñarán en esos tres años.
Por último, se generan recuerdos y memorias de quince años de vida, para que cuando el soñante baje a la tierra sienta que ha vivido esos quince años. Aunque el lugar que ocupan los habitantes es elegido de forma azarosa, y las relaciones filiales se diluyen, en sueños se fomentan los vínculos emotivos que entabló en la tierra.
En la tierra nadie cuenta sus sueños completos, sólo partes intrascendentes. Dentro de los sueños se ocultan secretos y miedos, decisiones y deseos. Así como habilidades que ostentan.
La máquina no sólo es un aparato complejo, sino autónomo. No necesita mantenimiento periódico y los motores trabajan con luz solar. Solo en un aspecto aún la controlan los humanos. Los dirigentes decidieron que un grupo no abandonara la tierra, y controlara de forma manual el dispositivo que hacía funcionar la máquina. El automatismo tecnológico podría tener fallas catastróficas y la humanidad no podría correr ese riesgo. Cada guardián viviría en uno de los países sedes y para salvaguardar este orden, no se conocerían entre sí, pero compartirían un código personal que legan a su primogénito, así como el conocimiento de la máquina y la obligación de dedicarse a ello. Para que la gente no los reconociera, vivirían en las ciudades ocultándose en una labora ancestral. Esos tres elegidos fueron conocidos como los libreros.
Durante los siguientes tres años, la tierra se despuebla. Cinco mil millones abandonan sus países, y los mil millones restantes se quedan con la consigna de, durante los siguientes tres años, mantener el orden establecido. Así ha sobrevivido la humanidad por tres generaciones. La época en que la gente vivía despierta la mayor parte de su vida es vista con nostalgia y lejanía. De esa época no quedan más que recuerdos ajenos, pues la primera generación de la máquina ha desaparecido. Algunas veces en el espacio, encerradas en cabinas como ataúd, pero casi siempre en la tierra. A los ancianos y enfermos terminales los dejan morir despiertos. En una amplia soledad de desposeídos, recuerdan a sus familiares y amigos que no verán, mientras aquéllos crecen en una vida alterna. Los niños se convierten en adultos dentro de cabinas acuosas; los adultos pierden movilidad y pelo. Sólo los moribundos, los infantes y las madres embarazadas pueden permanecer en tierra, para que la vida y la muerte se concreten al aire libre. Sólo unos elegidos pueden ser padres y puede permanecer durante dos ciclos en la tierra para educar a los niños. Cuando el periodo se cumple, los padres abandonan la tierra y tienen la opción de decidir si los niños abandonan la tierra con ellos o viven con azarosos visitantes que fungen como tutores por el siguiente ciclo pero que nunca volverán a ver. En la tierra existen niños de entre dos y ocho años. Hasta que son embarcados y durante los siguientes quince años levitarán en inconsciencia, padeciendo su adolescencia en duermevela. Cuando regresen de dieciocho a veinticinco años, convivirán con sus padres o con los tutores que los acompañaron en su tercer periodo en tierra.
Durante un siglo no ha existido una variación poblacional. Todos están seguros que el mundo puede contener a seis mil millones de humanos, pero sólo de forma itinerante. Por ello, determinan la cantidad de nacimientos de acuerdo a la tasa de defunción. Y, sobre esa base, escogen a las personas que podrán reproducirse. Durante el sueño, plantean el deseo de ser padres, así como a los demás les inhiben esa posibilidad por medio de traumas inconscientes. Los sueños y pesadillas impiden que la gente se reproduzca con fruición.
En 2153 se cumplen cien años de que la Guerra Civil estalló. Durante un año, el mundo celebra el nuevo orden: los humanos viven en armonía, en un mundo igualitario, sin guerras intestinas ni conflictos internacionales; la naturaleza restaurada convive paradisíaca, y la máquina funciona a la perfección. Todo parece ser perfecto, excepto que la utopía es fallida. Es cierto que la gente no recuerda los tiempos de carestía pero tampoco ha creado lazos emocionales duraderos; en tres años tienen que entablar los lazos que los orientaran en su vida nocturna. Y sólo podrán repetir este ciclo, cuatro o cinco ocasiones. Ello ha causado cierto descontento entre algunos habitantes y temor en otros. Pero saben que es la única forma. El gran sacrificio para subsistir como especie.
El mundo continúa. Treinta y tres veces desciende la cabina. Hasta que en 2181, Santiago, hombre de 30 años, abandona la máquina por primera vez.
Recibe un paquete, donde le indican el lugar donde vivirá, el trabajo que tendrá y una identificación que le otorga beneficios sociales y obligaciones. Se sube al tren elevado y aunque la luz le molesta, observa las montañas que rodean la ciudad de México, los lagos que dividen las calles y en minutos se encuentra en una pequeña colonia. Baja del tren y camina a una casa que destaca. Entra y recuerda, cuando vivió ahí de niño. En la sala están dos seres envejecidos -fueron sus tutores hace quince años- lo observan con la curiosidad de un extraño. Es momento de vivir la realidad.
Santiago es escritor. Tiene mente ágil, creativa.



martes, 20 de mayo de 2014

Vista de la tierra a ritmo de Pink Floyd

Una joya visual y auditiva. Con imágenes de la agencia espacial, este video es musicalizado con el "Division Bell".
Espero lo disfruten

martes, 13 de mayo de 2014

Proyecto Nostalgia de vuelo

NOSTALGIA DE VUELO
David Núñez Ruiz


El 24 de diciembre de 1968, a bordo del Apolo 8, el coronel Frank Borman tomó la cámara y apuntó a la tierra. Detrás de la luna gris cráter, retrató mares y continentes en una imagen inaugural, nubes y tornados en un parpadeo y trastocó un mundo que desconocía. A partir de esa fotografía, que comprobaba que no sólo no éramos el centro del universo sino un acuario del tamaño de una canica, se creó un efecto de perspectiva que transformó al humano. Esta novela trata de ciertos personajes que comparten la pecera y el deseo nostálgico por viajar al espacio; todo bajo la premisa de que sólo la literatura nos permite concretar anhelos.
Dante Alighieri determinó que es imposible no escribir de uno mismo cuando se narra. Concuerdo. Desde niño, mi sueño era ser astronauta. Sé que es un deseo común, pero en verdad quería serlo. Leí libros de ciencia ficción y vi todo tipo de películas –principalmente influido por “The Right Stuff”, basado en el libro homónimo de Tom Wolfe- hasta que en secundaria me di cuenta que era imposible que viajara al espacio por dos razones: la primera, constatar que se necesitaban demasiados números y yo era pésimo en quebrados; el siguiente bandazo consistió en que para entrar a la NASA debía tener nacionalidad estadounidense, así que mi sueño terminaba en Tijuana. Ese año decidí que quería ser escritor, porque la única forma de cumplir mi sueño sería a través de la imaginación. Si, tenía 13 años y era ingenuo.
Después de escribir un libro de cuentos, ensayos sobre el proceso de creación narrativa, dos novelas, una guardada en un cajón, con llave, y una hipernovela, en posproducción digital; decidí que era el momento (mucho antes del boom que generó Gravity) de contar esta historia sobre el viaje a la luna.
Al principio, Nostalgia de vuelo no era una idea concreta sino la forma de complacer al niño frustrado. En un inicio creí que sería un relato, por lo que a finales de 2012, escribí 50 cuartillas con el título de “Estudios para un cuento de ciencia ficción /ó/ 28 formas de observar una luna rusa”. El argumento versaba sobre el viaje a la luna y un apocalipsis nuclear. Al concluirlo, me di cuenta que era tema para una novela.
Partí de que la novela sería realista y no cienciaficcional, así que empecé por lo que primero me atrapaba, el viaje a la luna y un título: Nostalgia de vuelo.
Durante miles de años hemos levantado la mirada, cada noche, para ver la misma luna, y siempre hemos sentido nostalgia y necesidad no de capturarla sino alcanzarla. Por ello, la mayor nostalgia se genera no al sentirla demasiado lejos, como todos, sino volar hasta sentirla tan cerca sin poder apresarla. Hay dos grupos que lo han compartido: los astronautas que llegaron a la luna pero no descendieron y los ingenieros que crearon los cohetes pero nunca viajaron. Sobre ello estructuré la historia.
Como debía ramificar la trama, empecé a investigar la historia espacial estadounidense y soviética, a reestructurarla. Me interesaron en especial dos historias.
La del Apolo 8, los primeros humanos en llegar a la luna, rodearla, tomar imágenes de la tierra y, después de sólo un día orbitar, regresan con la nostalgia de no poder alcanzarla. Uno mantiene la esperanza de alunizar, Jim Lovell, el comandante que tuvo que abortar la misión del Apolo 13 y, como reza su autobiografía, perdió la luna.
Me gustó este relato porque, además de perder la luna, transformaron la tierra. A partir de esa imagen terrestre, la gente se preocupó por el planeta, sus habitantes, y percibió su insignificancia. Este efecto de perspectiva, según algunos filósofos, transformó al humano, generó la posmodernidad, la ecología y la noción social de que la gente se preocupara por el planeta y sus habitantes; lo han llamado el “overview effect”.
Consciente de que las narraciones sobre viajes hacia la luna se han centrado en el despegue y el alunizaje, determiné contar la acción de acuerdo a su temporalidad vivencial, es decir, relatar los tres días rutinarios de los cosmonautas por el espacio, centrarme en el viaje y no en la acción conquistadora de plasmar una huella selenita.
Ante ello, necesitaba una subtrama que rivalizara con el viaje, para que la historia no fuera plana. Al investigar la historia espacial soviética descubrí la historia del Diseñador Jefe y noté que cumplía con los requisitos dramáticos.
Su nombre era Sergei Korolev, transformó el siglo veinte y casi nadie lo conoce. Ideó los misiles que amedrentaron a Occidente y sentó las bases de la carrera espacial: construyó el primer cohete espacial y obtuvo éxitos memorables, desde el primer hombre en el espacio, Yuri Gagarin, hasta fotografiar el lado oscuro de la luna, que le dieron la primicia a la carrera espacial soviética sobre la estadunidense; hasta su muerte temprana. Este hombre no sólo es el padre de la aeronaútica actual, sino un hombre que soñó con alcanzar la luna y nunca materializó su deseo.
Además de ese elemento unificador, su historia cautiva. Después de construir el primer cohete de propulsión, Stalin lo encierra por una década en un Gulag siberiano y en un campo de trabajos forzosos. Cuando se dan cuenta de su valía, lo liberan para que construya misiles y cohetes pero lo reprimen. Ante el miedo comunista de que los Estados Unidos lo secuestre, impidieron que fuera reconocido. Ni siquiera su familia conocía su labor en la carrera espacial y en 1958, cuando su éxito con el Sputnik le valió el premio Nobel, el régimen de Nikita Kruschev impidió que lo recibiera. Lamentablemente, en 1966, Sergei Korolev murió por padecimientos adquiridos durante su reclusión y el gobierno soviético canceló la carrera espacial.
Estas dos historias que cuento de forma alternada versan sobre el primer elemento de esta novela: la nostalgia de la luna.
El segundo punto del que trata esta novela es del fracaso de nuestra generación: nos prometieron mucho y hemos obtenido poco. En un mensaje de twitter, Buzz Aldrin, el segundo hombre en pisar la luna, aclaró que para 2010, “me prometieron colonias en marte, en vez de eso tengo Facebook”. En los años de mi infancia, aseguraron que para el 2015 habría autopistas celestes, patinetas que volarían, ciudades autosustentables y la desigualdad sería menos alarmante. Nos engañaron. Pero, lo más terrible, nos anunciaron que podríamos concretar dos ideales, esenciales para nuestra individualidad e inalcanzables: vivir de lo que nos apasiona y encontrar el amor absoluto. De esa decepción también trata esta novela.
            De la lucha por conseguirlo y la insatisfacción se deriva la tercera historia, la que une las dos historias deshilvanadas (la historia espacial estadounidense con el Apolo 8 y la rusa, con Serguei Korolev). Matías es un escritor que no escribe y estructura su vida a partir de las novelas que planea pero nunca conforma. Al llegar a los treinta años y, a partir de la muerte de su madre, decide desarrollar su novela sobre el viaje a la luna: una ucronía ciencia-ficcional sobre qué hubiera pasado si en 1974, en vez de que con Leonid Brezhnev la guerra fría se tranquilizara, los comunistas continuaran con la carrera espacial y la paranoia se acrecentara en los Estados Unidos, desatando la guerra nuclear. Con el fin de vivir experiencias cercanas a las que describirá, Matías entra a trabajar a un acuario y conoce a Regina, quien lo cautiva. Mientras conforma las fases del proceso creativo de su novela, Matías desarrolla una relación amorosa con Regina, entabla un vínculo filial con su padre y disfruta la vida en el acuario. Un día, se da cuenta que ella no es la mujer ideal y busca el amor perfecto con la sospecha en contra de que todas las mujeres, por azar o destino, mientras no las conozca, pueden ser la indicada, Cuando Matías se da cuenta de que el amor absoluto no existe, imposibilidad a la par de alcanzar la luna, decide abandonar el acuario y dedicarse a escribir su novela.
            A diferencia de otras novelas que versan sobre el proceso narrativo, Nostalgia de vuelo no trata sobre el proceso de escritura o el bloque creativo, sino sobre el armado de la novela. En el proceso en que Matías encuentra la idea, conforma la trama, define los personajes y concreta la estructura y el estilo, se suceden las otras dos subtramas como investigación histórica para construir sus personajes e historias ficticias; de tal forma de que cuando Matías decide escribir, los lectores ya conocen todos los materiales sobre los que se basará para inventar su historia ficticia y ellos podrán conformar su relato.
Es decir, estructuralmente utilizo la forma de cajas chinas[1], donde en el primer nivel Matías conforma una trama y genera un proceso creativo previo a la escritura que contiene las otras narraciones en torno al viaje lunar: la subtrama de Korolev y la del Apolo 8, como elementos históricos. Ello brinda cohesión y genera niveles narrativos vinculados que las convierten en algo más que historias engarzadas o en episodios alternados. Todos los personajes están interconectados, ya sea con detalles, de forma simbólicas hacia la novela de Matías o evocativas entre ellas.
Una vez definida la trama y los personajes tenía que encontrar el sentido final de la novela, el proceso que deseo generar en la lectura.
Creo que todos los lectores cada vez que recrean un libro que les gusta desearían haberlo escrito y ser más que intérpretes. He ahí el éxito de la propuestas posmodernas, como la de Calvino o Cortázar, en las que el lector es partícipe de la concreción narrativa. Bajo ese legado, esta novela no busca reinventar realidades sino que el lector habite la novela.
Cuando ideé Nostalgia de vuelo, lo segundo que planteé -después de poder satisfacer mi obsesión frustrada- fue cómo generar en el designatario la posibilidad de ser un artífice y no sólo un receptor. La forma que encontré es plantar los elementos durante la narración para que en la lectura se concrete el proceso de creación de una novela, en este caso, la de Matías. Partiendo de la idea que determinó Salvador Elizondo: “la verdad de una novela es siempre la lucha que el escritor entabla consigo mismo; con ese y eso que está creando. La composición es simplemente la confusión de las palabras y los hechos”. Al desarrollar las fases del proceso creativo, que van desde idear la trama hasta la investigación, el lector obtiene los elementos que conforman la novela y su proceso con lo que al finalizar puedan reescribir su propia historia, por ello Nostalgia de vuelo es una obra abismada.
El proceso de creación narrativo es un tema sobre el que he reflexionado durante varios años. Desde que decidí dedicarme a las letras me di cuenta que lo que más me interesaba era conocer el proceso creativo de mis autores favoritos, no sus temas, símbolos ni influencias, sino el camino que transitaron para convertir el papel blanco en la obra maestra que me apasionaba, con envidia. Escribí mi tesis de licenciatura y de maestría sobre esta idea, estudiar la obra no desde el texto en sí mismo sino como creación actualizada en escritura, lo que permite dilucidar los mecanismos que gestan una obra. Ello me permitió conformar esta novela.
Además de sublimar mi deseo de ir a la luna y de buscar concretar la creación en la lectura, la literatura me permite materializar ilusiones en esta realidad tangible.
Las razones por la que un hombre decide escribir varían con cada creador: García Márquez aclara que escribe para que sus amigos lo quieran o, Clarice Lispector, determinaba que “escribir es intentar entender, es procurar reproducir lo irreproducible, es sentir hasta el final el sentimiento que se quedaría en algo solamente vago y sofocante”. Para mí, la razón es clara: la literatura me brinda la oportunidad de concretar anhelos y obsesiones.
Durante el 2013, me dediqué a una de las labores más divertidas de la creación: investigar sobre el viaje a la luna; en dos senderos, vivencial y a través de la lectura. Como Flaubert, creo que uno no puede escribir de lo que no conoce.
Escribir una novela realista sobre el viaje espacial conlleva reglas diferentes, o al menos de esa forma justifiqué los dos viajes que hice, uno al Centro Espacial Kennedy, en Orlando, el lugar del que despegaban los cohetes rumbo al espacio, y uno más a White Sands en Nuevo México, desierto donde probaban los cohetes y llevaban a los astronautas a caminar sobre las dunas blancas, para que se adaptaran al paisaje lunar.
En 2013, completé la investigación sobre el viaje a la luna, el programa Apolo y el soviético, analicé más libros, documentales y películas de las que en un principio creí que existían, y decidí seguir el entrenamiento de un astronauta. Por una parte me subí a los juegos mecánicos que sólo me revolvieron el estómago, e intenté experimentos de resistencia que provocaron dolores de cabeza. No era suficiente, por lo que entré a un curso intensivo de buceo, tres veces a la semana durante ocho meses, y buceé en mar abierto, en cavernas y cenotes, para conocer la gravedad cero, económicamente más accesible, y caminar en un espacio extraño.
            Nostalgia de vuelo cubre mis obsesiones y se encamina en mi búsqueda estilística. Por ello, desde hace cuatro meses empecé a escribir esta novela. He escrito los primeros tres capítulos y seguiré avanzando y puliéndola. En la muestra de obra, adjunto 31 páginas en primera versión de un capítulo intermedio. Aún faltan las 3 o 4 versiones, y revisiones, que todo escrito necesita. No adjunto otros textos porque esta novela representa mi búsqueda estética, actual.
Aunque haya empezado, siempre los apoyos ayudan a materializar las obsesiones con mayor eficacia. Obtener una beca genera beneficios: una institución avala tu profesión; la asesoría literaria, siguiendo el consejo que dicta Antonio Alatorre en Ensayos sobre crítica literaria, “Todos, en mayor o menor medida, nos apoyamos en otros más expertos que nosotros, en hombres que han leído más, o que han desarrollado mejor el difícil hábito de pensar”; además del tiempo que otorga el apoyo.
Concuerdo con el teórico Percy Lubbock en que la única ley del novelista es ser consistente con algún plan, de seguir el principio que haya adaptado. Por ello, creo en la planeación arquitectónica de la novela. Tengo una escaleta capitular y si desean leer avances mayores que los que adjunto a este proyecto, los invito a seguir este blog


[1] Vargas Llosa define a las cajas chinas o matrioskas en Cartas a un joven novelista: “Cada historia contiene otra historia […], las historias quedan articuladas dentro de un sistema en el que el todo se enriquece con la suma de las partes y en las que cada parte –cada historia particular- es enriquecida también (al menos afectada) por su carácter dependiente o generador respecto de las otras historias.”

jueves, 8 de mayo de 2014

En vivo y en HD, una vista desde la Estación Espacial Internacional.


En vivo y en HD, una vista desde la Estación Espacial Internacional.
Recomendaciones:
1.- Amplía la pantalla, siéntate cómodo y disfruta una vista ejemplar de nuestro planeta.
2.- Prepárate para el efecto colateral. Estos videos generan la sensación de insignificancia, somos demasiado pequeños ante el "overview effect"
3.- Si quieres más información de la EEI: http://www.estacionespacial.com/
4.- Deja de leer esto y ve Estación Espacial Internacional en vivo

jueves, 1 de mayo de 2014

jueves, 24 de abril de 2014

Programa que hice en NoFM Radio sobre la música espacial y los viajes a la luna.

El pasado 3 de abril estuve en la cabina de No-Fm Radio, hablando de viajes al espacio y la música alrededor de los viajes a la luna.
Espero les guste!


http://nofm-radio.com/programacion/rockzilla-rockzuki/


Este es el playlist

-Space Oditty en versión de Chris Hadfield.

El año pasado el astronauta canadiense, Chris Hadfield Grabó un vudei con una handicam cuando abandonaba la estación espacial, después de 4 meses en el espacio, y se despidió de la subórbita con un cover de la canción insgine de David Bowie.
Y ¿qué rockstar no hubiera querido ser la primera estrella de rock espacial? Con ello, después de tres décadas, hizo cool el espacio, otra vez,
Sobre el mayor Tom, que abandona la tierra para internarse en el cosmos, Bowie hace su canción, inspirado en la travesía del apollo 8 y en el viaje a la luna. La canción salió al mercado el 11 de julio, 5 días antes del viaje del Apollo 11. En otra plática hablemos de todo lo que transformó esa imagen, desde la idea ecológica y política de la actualidad hasta la música.
David Bowie lanza en 1969 Space Oddity, y es un éxito tan importante que la BBC la utiliza como el tema de la transmisión del viaje a la luna del apollo 11.

- Hallo Spaceboy  de David Bowie.
Del que Pet Shop Boys hizo un remix, tal vez la canción más famosa del grupo de Neil Tennant y también los Foo Fighters.

- Peter Schilling en Mayor Tom (Comming Home) 

Hablando de David Bowie, su hijo, Duncan Jones hizo la película Moon (2009) con actuaciones de Sam Rockwell y Soundtrack de Clint Mansell (poner la rola principal)

- All Along the watchover de Jimmy Hendrix.
-          El cover de Dave Matthwes band en Woodstock 1999, es grande

- En 1969, cuando aparece la canción de Bowie, año del disco de King Crimsom  In the Court of the Crimson King , pionero de la música progresiva, que como debe escucharse completo lo dejamos para otra ocasión. Año que aparece:
-“In suspicious Mind”.

Ahora, Chris Hartfield quiere ir a Marte, Ya tiene el Soundtrack Ziggy Stardust and the spiders from mars.

Cierre: la original Space oddity de David Bowie (1969)

lunes, 21 de abril de 2014

Blackfish, documental sobre orcas en cautiverio

Matías, el protagonista de Nostalgia de vuelo, trabaja en un acuario. Esa es la razón por la que veo y comparto este documental, fuerte e interesante, sobre las orcas en cautiverio y la relación con sus cuidadores. Espero les interese y el trato a los animales, cambie.

Blackfish